EL SINTOMA VISIBLE DE UN PROBLEMA NACIONAL: EL CASO DE SAN MATÍAS
Lo que ocurre
allí, no debe leerse únicamente como un episódio de seguridad o un hecho
aislado en una frontera, estamos hablando de un municipio pequeño sin
capacidades para poder enfrentar y/o controlar el narcotráfico, así como existen
otros municipios fronterizos en Bolivia, que también tienen grandes debilidades
en sus capacidades para poder atender sus competencias.
En contraposición,
tenemos una red de narcotráfico que opera con una lógica propia en Bolivia y
que fue fortaleciéndose en nuestro país en los últimos 20 años, escalando poco
a poco su participación tanto en la sociedad como en la economía informal. Esta
red inició como un sistema económico ilegal e informal incipiente, pasando a
ser mucho más amplio en función a su desarrollo y expansión, no teniendo
límites administrativos (departamentos, municipios), aprovechando la debilidad
Estatal y moviéndose, siguiendo una lógica clara: la rentabilidad.
El
narcotráfico, más allá de su dimensión criminal, es un negocio
extraordinariamente eficiente en términos económicos. Opera con márgenes de
ganancia que pocas actividades legales pueden igualar, con liquidez inmediata y
con una notable capacidad para absorber costos que en otros sectores
resultarían prohibitivos (a mayor riesgo, mayor ganancia). Donde hay debilidad
institucional, falta de oportunidades y escasa presencia estatal efectiva, ese
negocio encuentra terreno fértil. No llega necesariamente con violencia desde
el primer momento, sino con dinero. Y el dinero, en economías locales frágiles,
ordena, seduce y reemplaza.
Así comienza
un proceso que rara vez es abrupto. Primero aparece el territorio como ruta, un
punto de paso casi invisible donde la logística se instala de manera discreta.
Luego, poco a poco, ese tránsito se convierte en control. Las rutas dejan de
ser solo caminos y pasan a ser activos estratégicos. Se tejen relaciones con
actores locales, se infiltran sectores como el transporte o el comercio, y la
economía empieza a sentir la presencia de capitales, que generan mayor comercio
de bienes y servicios. Más adelante, el fenómeno escala: ya no se trata solo de
mover mercancía, sino de participar en la cadena completa, desde el acopio
hasta la transformación. Y finalmente llega la fase donde el dinero que
regresa, tiene que ser lavado, e insertado en la economía formal.
Es en ese
punto cuando el problema deja de ser periférico, el narcotráfico ya no está
“afuera” del sistema, sino dentro. Invierte en bienes raíces, en negocios, en
actividades legales que compiten —de manera desleal— con quienes sí cumplen las
normas. Distorsiona precios, altera incentivos, redefine decisiones de inversión.
Genera una economía paralela que, con el tiempo, se entrelaza con la formal
hasta volverse difícil de separar. Y entonces, lo que empezó como una ruta en
un municipio fronterizo puede terminar influyendo en mercados regionales,
instituciones y decisiones políticas a nivel nacional.
San Matías, en
ese sentido, es una alerta temprana, porque el fenómeno no está completamente
consolidado, porque todavía es posible ver disputas entre organizaciones
criminales transnacionales, entender su lógica y actuar antes de que el proceso
avance hacia niveles de integración mucho más profundos. Limitar la respuesta a
operativos locales es necesario, pero insuficiente frente a un problema cuya
naturaleza es sistémica. El narcotráfico no funciona con eslabones cerrados e independientes:
conecta producción, transporte, comercialización y financiamiento en una sola
cadena. Intervenir en un solo eslabón sin afectar los demás suele generar
desplazamientos, no soluciones.
Por eso la
discusión de fondo no es únicamente cómo contener lo que ocurre en San Matías,
sino cómo enfrentar, a nivel nacional, los incentivos económicos que hacen
posible su expansión. Esto implica mirar más allá de la seguridad y entrar en
el terreno de la política económica, del desarrollo productivo, del sistema
financiero, de la capacidad institucional del Estado para regular, fiscalizar y
ofrecer alternativas reales. Implica reconocer que, mientras el negocio siga
siendo tan rentable y los costos efectivos sigan siendo relativamente bajos,
siempre habrá actores dispuestos a ocupar ese espacio.
La historia
reciente de la región muestra que cuando el narcotráfico logra consolidar su
presencia en múltiples eslabones de la cadena y, sobre todo, cuando consigue
insertar sus recursos en la economía formal, desmontarlo se vuelve más difícil.
Los costos ya no son solo económicos, sino sociales y humanos. Aumenta la
violencia, se deteriora la confianza en las instituciones y se eleva el riesgo
de que conflictos que antes eran marginales escalen a niveles mucho más graves.
Bolivia está,
en este caso, frente a una disyuntiva que no es nueva, pero sí urgente. Puede
tratar a San Matías como un problema localizado, gestionable con medidas
puntuales, o puede entenderlo como lo que probablemente es: el inicio visible
de un proceso que, de no ser abordado de manera integral, puede expandirse y
arraigarse. La diferencia entre una y otra decisión no es menor. Es, en buena
medida, la diferencia entre intervenir a tiempo o enfrentar, más adelante, un
escenario mucho más complejo, más costoso y, lamentablemente, más violento.
Además, se
debe tomar en consideración dos aspectos importantes: el primero es que somos
un país productor de coca, materia prima de la cocaína, donde el chapare es el
centro neurálgico de esta producción, con laboratorios de cocaína que funcionan
dentro de esa misma región (según reportes de la ABI en mayo 2026 se encontrar
12 laboratorios en el Tropico de Cochabamba) y segundo la UNODC United Nations
Office on Drugs and Crime, es decir, Oficina de las Naciones Unidas contra la
Droga y el Delito es su documento más reciente “World Drug Report 2025 reafirma
el hecho de que Bolivia es un país de origen de cocaína y, en cierta medida,
también como país de tránsito desde Perú hacia Brasil, Paraguay, Argentina y
Chile (el término “en cierta medida” muestra que Bolivia aún no está consolidado
como país de tránsito).

Asimismo, en
los últimos años, Bolivia ha registrado casos de alto impacto que, aunque
distintos entre sí y con investigaciones de diverso grado, funcionan como
alertas de una creciente sofisticación del crimen organizado. Entre ellos están
el caso del narcotraficante Sebastián Marset y su red que operó en el país
antes de huir; el asesinato del capitán de policía José Carlos Aldunate, quien
había trabajado en la lucha antidroga y cuyo caso sigue sin autores
intelectuales esclarecidos; y también operativos donde autoridades bolivianas
reportaron la captura o investigación de presuntos integrantes de
organizaciones criminales transnacionales, como el PCC y Comando Vermelho. En
conjunto, estos hechos no prueban un control territorial consolidado, pero sí
muestran que el país enfrenta manifestaciones crecientemente complejas del
crimen organizado, tanto en zonas fronterizas como en centros urbanos de gran
relevancia económica, como Santa Cruz de la Sierra.
Porque si algo
enseña la experiencia comparada es que, cuando estos sistemas logran
consolidarse, ya no solo se trata de economías ilegales, sino de estructuras
profundamente incrustadas en la realidad de un país. Y en ese punto,
desarmarlas no solo exige recursos y tiempo, sino que suele venir acompañado de
un precio alto en vidas humanas. Evitar que Bolivia llegue a ese escenario
depende, en gran medida, de la capacidad de reconocer hoy la magnitud del
problema y de actuar en consecuencia.
By: Maldana
Marcos Alejandro Aldana Dávila
Economista
Marcos Alejandro Aldana Dávila
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