¿PACTO FISCAL O REPARTO DE ESCASEZ?
Sin embargo,
reducir el pacto fiscal a una discusión de porcentajes, 50/50 u otra fórmula, resulta
no solo insuficiente, sino conceptualmente limitado.
La cuestión de
fondo no es cuánto se reparte, sino qué se está repartiendo, bajo qué criterios
y con qué objetivos de desarrollo.
En su sentido
más amplio, un pacto fiscal es un acuerdo político, económico e institucional
sobre la forma en que el Estado recauda, asigna y utiliza los recursos
públicos. Implica definir prioridades, establecer competencias entre niveles de
gobierno y garantizar la sostenibilidad de las finanzas públicas. Sin estos
elementos, cualquier redistribución corre el riesgo de convertirse en un
ejercicio meramente administrativo.
En este
contexto, el acuerdo firmado el 5 de agosto de 2026 entre el gobierno central y
las gobernaciones introduce un elemento relevante. Según la información
disponible, no se limita a una redistribución inmediata de recursos, sino que
plantea una agenda más amplia que incluye planificación del desarrollo
territorial, identificación de potencialidades productivas y la apertura del
debate fiscal en un marco más estructural.
Bolivia
enfrenta actualmente un contexto macroeconómico restrictivo. El déficit fiscal
se mantiene en niveles elevados (en torno al 9% del PIB para el 2026, tras
haber alcanzado aproximadamente el 12% en 2025) lo que equivale a una brecha
cercana a los 8.000 millones de dólares para el año 2026, según el Fondo
Monetario Internacional (World Economic Outlook).
Este
desequilibrio implica que el Estado gasta sistemáticamente más de lo que
ingresa, y que la diferencia debe financiarse. No obstante, las fuentes
disponibles son limitadas. El reciente financiamiento externo, del orden de
1.900 a 2.000 millones de dólares, cubre apenas una fracción del déficit y,
además, no está concebido para sostener gasto corriente de manera permanente,
sino para acompañar procesos de estabilización y reforma.
En este
sentido, el financiamiento externo conseguido hasta la fecha, no resuelve el
problema fiscal: lo difiere.
A ello se suma
la persistencia de subsidios significativos (especialmente a combustibles y
energía) que continúan ejerciendo presión sobre el gasto público. Mientras
estos componentes estructurales no sean abordados, el déficit tenderá a
reproducirse.
En estas
condiciones, la redistribución de recursos, a través del pacto fiscal, adquiere
una característica particular: no se está repartiendo abundancia, sino escasez.
Y en ese marco, conviene decirlo con claridad: no es posible construir un pacto
fiscal sostenible sobre la base de un déficit estructural.
A este
escenario se suma un hecho institucional reciente que no puede ser ignorado.
Según reportes de prensa, el Gobierno ha decidido eliminar el Ministerio de
Planificación del Desarrollo como parte de una reestructuración del gabinete
orientada a reducir el tamaño del Estado.
La medida
puede responder a criterios de austeridad y eficiencia administrativa. Sin
embargo, introduce una interrogante de fondo: ¿cómo se sostendrá la función de
planificación estratégica en el Estado?
Porque más
allá de la existencia o no de un ministerio, la planificación no es un
componente accesorio: es el eje que permite articular inversión pública,
desarrollo productivo y sostenibilidad fiscal. En ausencia de una instancia
clara de planificación, el riesgo es que las decisiones fiscales se fragmenten
o respondan únicamente a presiones coyunturales.
Desde esta
perspectiva, el ajuste fiscal no debe entenderse únicamente como una reducción
del gasto o un aumento de impuestos, sino como parte de un proceso más amplio
de ordenamiento del Estado. La discusión no es solo cuánto se gasta, sino en
qué se gasta y con qué resultados.
La calidad del
gasto público se vuelve, entonces, un elemento central. Un gasto bien orientado
puede fortalecer la capacidad productiva y ampliar la base de ingresos en el
tiempo. Uno mal asignado, en cambio, tiende a perpetuar los desequilibrios
existentes.
Por ello, el
ajuste fiscal debería ser la consecuencia de una planificación estratégica del
desarrollo, no un fin en sí mismo. El orden lógico es claro: primero se define
una visión de país, luego se estructura la planificación, se establecen
prioridades y recién entonces se ajustan los recursos a esa estrategia.
El propio
acuerdo entre el gobierno y las gobernaciones refleja esta dualidad. Si bien
incorpora elementos de planificación y desarrollo, se inscribe en un contexto
de fuerte restricción fiscal. El riesgo es que, en la práctica, la discusión
vuelva a centrarse en la distribución de recursos escasos, relegando la
construcción de un sistema fiscal sostenible.
El debate
actual parece, en ese sentido, adelantarse a definiciones que aún no han sido
plenamente resueltas: las competencias de cada nivel de gobierno, el costo de
dichas competencias y la sostenibilidad del conjunto del sistema.
Esto plantea
un problema de secuencia: se discute el “cómo repartir” antes de haber definido
con claridad el “para qué” y el “cuánto es posible repartir”.
En este
escenario, la pregunta central no es si puede existir un pacto fiscal en el
corto plazo, de hecho los avances recientes muestran que es posible. La
cuestión es si dicho pacto será sostenible.
Mientras no
exista una trayectoria creíble de reducción del déficit, una estrategia de
desarrollo que fortalezca la base productiva y una institucionalidad clara que
articule la planificación del Estado, cualquier acuerdo corre el riesgo de
convertirse en un mecanismo de redistribución de una escasez persistente.
Bolivia
enfrenta un desafío estructural que trasciende la coyuntura. En ese contexto,
el pacto fiscal no puede ser concebido como un punto de partida, sino como el
resultado de un proceso más amplio de estabilización, planificación y reforma.
Porque, en
última instancia, el país no debería estar discutiendo cómo repartir lo que no
alcanza, sino cómo construir las condiciones para que esos recursos existan y
sean sostenibles en el tiempo.
Maldana
Economista.
Marcos Alejandro Aldana Dávila
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Marcos Alejandro Aldana Dávila